LA BOMBA QUE HIZO AÑICOS NUESTRA VIDA
24 DE FEBRERO DE 2022, 7:30 DE LA MAÑANA, JUEVES, IZMIR
Solo le pedía una cosa al universo, un deseo humilde: ser madre. En aquel momento parecía un deseo de lo más corriente y, sin embargo, ha resultado ser todo menos eso. Aquel deseo sencillo y humilde dio inicio a un viaje de acontecimientos inimaginables y a una transformación en mí que jamás habría creído posible. El camino de lo ordinario a lo extraordinario nunca es una línea recta, pero lo que estaba a punto de desencadenar aquel humilde deseo mío era una odisea de proporciones que nunca habría podido imaginar.
Mi marido, Ahmet, y yo llevábamos una vida, por lo general, feliz en Izmir, Turquía. Los dos trabajábamos desde casa y seguíamos nuestras rutinas diarias sin grandes alardes ni sobresaltos. Compartíamos nuestro hogar con nuestros dos periquitos y nuestro perro; estábamos instalados en lo conocido, en un ritmo que, de no ser por aquel humilde deseo mío, habría mantenido un compás constante, ni demasiado rápido ni demasiado lento.
Debo confesar desde el principio que no siempre tuve tantas ganas de formar una familia, pero de eso hablaremos un poco más adelante. Ahmet sí albergaba esos sueños y esas esperanzas, aunque casi siempre se los guardaba para sí. La esperanza de que un día, quizá más pronto que tarde, imaginásemos juntos a nuestra pequeña familia disfrutando de puentes y de escapadas a la playa o al bosque, ahorrando y haciendo planes para la educación de nuestros pequeños y encontrando alegría en los recuerdos de momentos familiares felices y disparatados. Resultaba reconfortante pensar en aquellos sueños, pero recorrer el camino hasta hacerlos realidad fue todo menos reconfortante. La situación que pronto envolvería nuestras vidas era, sencillamente, incomprensible.
En mi trabajo, traduciendo del inglés al turco subtítulos de series y películas, me encuentro a menudo con situaciones tan dramáticas como la que está a punto de suceder y solía pensar: «¡Aquí el guionista se ha pasado de la raya!» o «¡Esto no hay quien se lo crea!». Pero ahora que me he enfrentado a la crudeza de una realidad inverosímil, ya no puedo sostener que el mero hecho de que una historia resulte increíble baste para negarle toda credibilidad; así pues, dejadme que empiece a contaros esta historia.
Antes creía que nuestra generación era afortunada: habíamos nacido en el último cuarto del siglo pasado y habíamos sido testigos del amanecer de un nuevo milenio. Sin duda, las guerras sangrientas y las epidemias devastadoras se estaban convirtiendo rápidamente en reliquias del pasado. Vivíamos en una época de maravillas tecnológicas. Puede que la medicina no haya vencido todas las enfermedades, pero ha dado grandes pasos en el diagnóstico y el tratamiento. Las batallas con tanques y artillería habían quedado confinadas, en gran medida, a los avatares que controlábamos en los videojuegos y terminaban con pulsar un botón de «apagar». Pero en la situación en la que nos encontramos no existe ningún botón de «apagar».
Hace dos horas, Rusia ha empezado a bombardear Kyiv, la capital de Ucrania. Esto no es un juego; es una realidad atroz. Están muriendo personas de verdad, no avatares. Lo que más me aterra de esta guerra, que tiene lugar a solo 2000 kilómetros de distancia, al otro lado del mar Negro, al nordeste de Turquía, es que nuestra hija debe nacer dentro de tres semanas.
La mujer que dará a luz a mi hija está en algún lugar de esa ciudad sitiada, y no tengo ni idea de dónde se encuentra ni he recibido noticia alguna de ella.
El anhelo de llenar nuestras vidas con las risas de un niño nos ha llevado por caminos extraordinarios, todos ellos imprevistos y ajenos a cualquier plan. Antes de esta guerra habíamos soportado una pandemia que, para nosotros, debido a aquel humilde deseo mío, había añadido aún más complicaciones. Movidos por mis fobias, de las que sabremos más adelante, Ahmet y yo recurrimos a medidas extraordinarias para superar las circunstancias que se nos imponían en lo que parecía una sucesión ininterrumpida de acontecimientos enloquecidos. Ninguno de los dos es de los que se rinden al destino sin agotar todas las opciones, así que eso fue exactamente lo que hicimos: agotar todas las opciones, decididos a tener un hijo, costara lo que costara.
Visto en retrospectiva, quizá no deberíamos haber tentado al destino con tanto descaro. Sentada en el suelo de la habitación infantil que hemos preparado con tanto esmero, contemplo los zapatitos rojos que compramos el día que vimos aquella tenue raya roja, la señal silenciosa de que nuestra hija se aferraba con tenacidad a la vida, sin que nadie más pudiera verla.
«Dios, sé que solo acudo a ti cuando lo necesito, pero, por favor, ayúdanos. Muéstranos una salida y llévanos hasta nuestra hija», rezo en silencio.
